En Elconfidencia.com se traza un panorama sombrío sobre la situación de los escritores cinematográficos españoles

De acuerdo a este análisis, existe un sexteto principal de causas que profundizan la precarización laboral de los guionistas de cine españoles y su creciente “invisibilización”. En la nota se expresa que, antes que sea tarde, la figura de los autores de cine debe “protegerse”.

En Elconfidencia.com se traza un panorama sombrío sobre la situación de los escritores cinematográficos españoles

De acuerdo a este análisis, existe un sexteto principal de causas que profundizan la precarización laboral de los guionistas de cine españoles y su creciente “invisibilización”. En la nota se expresa que, antes que sea tarde, la figura de los autores de cine debe “protegerse”.

“La figura del guionista cinematográfico debería protegerse frente a productores y directores, igual que se protege al lince ibérico, para evitar el derrumbe creativo del cine español.

El último censo de población sobre guionistas españoles de cine (entendiendo como tal aquel guionista que no dirige y que vive exclusivamente de los guiones de cine que escribe) refleja que apenas queda media docena de ejemplares. Algunos estudiosos, sin embargo, señalan que esta es una cifra demasiado optimista y que, siendo más rigurosos, esta no debería superar los dos. En cualquier caso, todos los expertos coinciden en que la figura del guionista debería protegerse, igual que se protege al lince ibérico, para evitar el derrumbe creativo del cine español. Estas son las 6 razones de su progresiva desaparición:

1. La precariedad laboral

Al guionista de cine le resulta imposible vivir del cine.

Es una víctima más de la decadencia del sector, pero su caso, como primer artífice de la obra, es especialmente sangrante: hace 10 años se pagaba por un guion de cine el doble que ahora. Cabe señalar que el tiempo en el que se desarrolla un guion, desde la génesis de la idea hasta la versión definitiva, no suele ser inferior a los tres años. La crisis, cierto, ha hecho estragos, pero también ha estimulado la mala praxis de algunos productores oportunistas en lo que respecta al guionista. Este tipo de productor no paga nada por un guion que el autor escribe por cuenta propia, a cambio de prometerle una cantidad, casi siempre ridícula, si este se convierte en película. La mayoría de los productores, en nombre de la crisis, ha dejado de invertir en el desarrollo de guiones. En un reciente artículo de Furtivos se explicaba que para que un guion en Hollywood se convierta en película hace falta desarrollar 35. Es otra liga, claro, pero sería razonable pensar que la proporción aquí, si lo que de verdad se persigue es la excelencia de la obra, fuese de cinco guiones desarrollados por cada uno de los que se producen. Se puede adivinar la cara de asombro de algunos productores al leer estas líneas: “¡Ni cinco, ni uno! ¿Para qué voy a invertir en guiones si a mí me los mandan gratis a la oficina?”. Gracias a este tipo de productores que hacen del “riesgo” su razón de ser, los guionistas profesionales, sin ningún sindicato fuerte que los defienda, están condenados a extinguirse.

2. La ausencia del productor cineasta

Pareja a la extinción del guionista ha ido la retirada paulatina del productor cineasta, entendiendo como tal aquel productor que vive exclusivamente de las películas que impulsa con enormes dosis de tesón y talento.

El censo de población de los productores cineastas es más exiguo, si cabe, que el de los guionistas de cine. Este es el drama principal del cine español en general y de los guionistas en particular, ya que estos últimos han perdido a su principal cómplice por el camino. El guionista suele establecer un vínculo creativo muy provechoso con el productor cineasta. Sabe que esta clase de productor –el genuino– es el único que apuesta por él, el único que valora su intrépida manera de enfrentarse al folio en blanco, el único que reconoce el valor industrial del guion –gracias a que existe un guion se encuentra financiación, ayudas, derechos de emisión, un director competente y un reparto atractivo. Además, le paga unos honorarios justos, que en muchos casos incluyen una prima por el rendimiento que la película obtenga en taquilla. Por desgracia, los escasos productores cineastas que quedan hoy, en lugar de invertir su tiempo en ser el frontón más eficaz del guionista, gastan todas sus energías en sobrevivir en una jungla donde reina un animal con dos cabezas llamado duopolio.

3. La hegemonía del director tóxico

El último censo de población de directores de cine indica que, lejos de disminuir, aumenta en la misma proporción que lo hace el censo del ratón de campo. No es de extrañar: todos los que empiezan en el cine pretenden ser directores y convertirse, de este modo, en el “autor total” de la obra. Aquella vieja máxima de que el verdadero autor de una película es el director, urdida en los años sesenta por un grupo de franceses egocéntricos, ha calado hondo durante décadas y pervive en nuestros días con idéntica fuerza. Hay casos de directores –pocos– que escriben, dirigen e incluso producen, convirtiéndose así en el máximo autor de la obra, pero esta no es la norma. La mayor parte de los directores parten de guiones ajenos o buscan alianzas con guionistas que en algunos casos son prósperas –véase el caso de La isla mínima, una espléndida obra, otra más, donde el binomio director-guionista que forman Alberto Rodríguez y Rafael Cobos resulta ejemplar–, pero que, en la mayor parte de los casos, son tóxicas. Son muchos los directores que tienden a vampirizar al guionista, útil al inicio del proceso, pero molesto al final del mismo. Para reforzar la idea de que la película es del director, este no dudará en firmar un guion que no es suyo porque un día sugirió una secuencia nueva aquí y unas líneas de diálogo allá. Más tarde se esforzará para que el nombre del guionista no aparezca en eldossier de prensa y, finalmente, cuando hable de “su película” ante los medios, explicará con todo lujo de detalles el mágico instante en que se le ocurrió el final del filme, mientras el sorprendido guionista, en su casa o en un banco del parque, recordará las noches en vela que le supuso encontrar el maldito final.

4. La traslación del folio a la pantalla

El director tóxico no suele ser brillante. Si lo fuera, no malgastaría su tiempo en arrinconar al guionista y en convencer al productor de que es mejor que en los rótulos de crédito aparezca “una película de”, que, como bien sabemos, te convierte automáticamente en Tarkovski. En lugar de “dirigida por”, que puede inducir a pensar que el director es un simple artesano sin glamour. El director tóxico se caracteriza, además, por no saber escribir aunque su firma aparezca en los guiones, pero esto no es lo grave… Lo grave es que tampoco sabe leer: son numerosos los guionistas que han visto sus ideas tan devaluadas que la película resultante de su obra es una completa desconocida. Para que esto no suceda, la única salida que les queda a los guionistas es dirigir sus propios guiones, pero alguien les ha dicho que para dirigir es imprescindible saber de óptica. Falso. Para dirigir es necesario tener una historia y unas imperiosas ganas de contarla.

5. Invisibilidad y escasa influencia

El guionista suele tener el ego bajo control y no le incomoda ocupar un puesto en la segunda línea de armas. Pero una cosa es que ocupe un puesto en la segunda línea y otra muy distinta es que acepte el ninguneo sistemático cuando es el creador original de la obra. Antes de que el guionista llegara a la fiesta sólo había una pantalla en blanco. Después de que llegara, hay 90 páginas escritas con las que empieza a trabajar todo el mundo, incluidos los actores. Resulta curioso que estos últimos, a la hora de agradecer sus premios, jamás se acuerden del guionista. ¿Por qué iban a acordarse? Si total, el único mérito de este es crear el personaje que interpretan... Guillermo Arriaga, guionista mexicano de películas como Amores perros o Babel, considera que el término “guionista” transmite debilidad y debería sustituirse por el de “escritor de películas”, mucho más solemne y, según él, más respetable. Sea cual sea el término empleado, los que se dedican a escribir historias para el cine saben que están en un medio en el que, hoy por hoy, no pueden sentirse influyentes.

6. El refugio en la ficción televisiva

Hay que cambiar de medio para que el guionista pueda hacer oír su voz. Al margen de que las series de ficción proporcionan una estabilidad económica mayor que la que proporciona el cine –bueno, tampoco hay que tirar cohetes–. Los guionistas curtidos en la pantalla grande o en la pequeña, lo mismo da, saben que la televisión les presta más atención. Salvo sonadas excepciones, lo cierto es que los guionistas que crean las series de ficción suelen convertirse, con el beneplácito de la productora y la cadena emisora, en productores ejecutivos de contenidos que supervisan todas las áreas creativas con la finalidad de que su idea original perviva a lo largo y ancho de la obra seriada. No es que la televisión sea más generosa con el guionista de lo que es el cine; simplemente la verdad ha caído aquí por su propio peso: ¿quién mejor para decidir los designios de la serie que su propio creador? En un primer momento, el hecho de que el guionista se convirtiera en el jefe de todo esto no es algo que calara bien entre los directivos –tradicionalmente los productores ejecutivos de las series venían de la producción pura y dura–, pero al final se ha impuesto el pragmatismo heredado de la HBO: la serie pertenece al creador. Fin de la cita.

Para el guionista de cine, el hecho de haber encontrado acomodo en la televisión no merma su deseo de seguir escribiendo películas. Sin embargo, el cine tiene que ofrecerle el puesto y funciones que le corresponden y, además, pagarle un sueldo razonable atendiendo al presupuesto de la película. Afrontar un cambio de este calado, como lo hizo la televisión con evidente acierto, es indispensable si el cine no quiere morir víctima de esquemas productivos obsoletos. Ridley Scott, director inglés que ha realizado más de 20 películas, algunas de ellas obras maestras y que no ha tenido la tentación de firmar el guion de ninguna de ellas, asegura que una buena película se cimienta sobre tres elementos: “Guión, guión y guión… porque lo demás es sólo rock´n´roll”. Pues… eso.”